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viernes, 4 de marzo de 2016

Moneyball: Rompiendo las reglas (Aka Moneyball)

2.5*

El título del film resume a la perfección de qué va la película: de dinero y de pelotas. De pelotas de baseball, se entiende. El argumento se basa en la típica situación cíclica a la que tienen que enfrentarse todos los clubs del mundo: los Athletics, un equipo de Oakland, frente a San Francisco, jubila a 3 jugadores importantes a los que hay que buscarles sustituto. El general manager del equipo (Brad Pitt) conoce a un joven licenciado en económicas de Yale (Jonah Hill) al que contrata para que le asesore en el proceso de recompra de varios nuevos jugadores. Y, en vez de seguir a los ojeadores y asesores del equipo, se deja llevar por las estadísticas del economista novato y reinventa el deporte nacional USAmericano. La película es uno de los cantos del cisne sobre el deporte de Joe DiMaggio, lo que pasa es que toma dos estrategias un tanto contradictorias: por un lado, intelectualiza el juego, mitificando a los individuos que mueven los hilos del negocio. Por otro lado, apuesta por una filosofía del segundón, del relegado, ya que el motor del capitalismo también se mueve con piezas descartadas que no quiere nadie. Segundas oportunidades, cultura del esfuerzo personal y del trabajo en equipo (individualmente liderado, eso sí), obsesión por el mundo laboral. En fin, todo lo que una buena película para televisión sobre el tema podría tener pero multiplicado por un presupuesto gigante (que incluye la presencia de Joe Satriani tocando el Star-Spangled Banner, o la de Robin Wright o la del recientemente fallecido Philip Seymour Hoffman) y por un guión sorkinizado a tope. Sin  más. Un vaso de escupideras que se mueve entre la experiencia, la intuición, la vida familiar y las matemáticas. Y el aburrimiento. Ahh, y al parecer está basada en hechos reales, la repanocha del cine telefilmico. Sí, ese que según se termina de ver se olvida.

sábado, 15 de febrero de 2014

Mis 5 imprescindibles de Philip Seymour Hoffman:

-       Happiness (1998).
-       Owning Mahowny (2003).
-       Truman Capote (2005).
-       La familia Savages (2007).
-       The Master (2012).




martes, 17 de septiembre de 2013

El último concierto

3*

Las simplificaciones alrededor de la música clásica abundan por doquier. De hecho, pocas son las obras de arte que retratan con fidelidad la complejidad (y, a veces, la sencillez) del mundo de la creación y de la interpretación musicales, sin mistificaciones gratuitas. Por ejemplo, Ian McEwan ofrece unas páginas maravillosas en su novela Amsterdam, un auténtico must para todo aquel interesado en estos temas. En este caso, el director novel Yaron Zilberman intenta radiografiar las relaciones humanas y profesionales que existen entre los miembros de una veterana formación, en las fases de preparación de una de las obras más densas del viejo Beethoven, el cuarteto para cuerda Op. 131. Lo que el espectador contempla es una sucesión de lugares comunes, tópicos y desvirtuaciones alrededor de un grupo de intérpretes que intentan cauterizar sus maltrechos egos y sus frustraciones personales escarbando en una partitura muy compleja, armónica y melódicamente hablando. Una partitura que aparece como una metáfora de la propia vida, por cierto. El film se basa en un guión que intenta resumir varias (si no todas las) presiones a las que se ven sometidos los músicos profesionales, en una dirección sobria que recuerda al Woody Allen de Maridos y mujeres, así como en el trabajo de los actores. Sin embargo, en este punto, poco hay que destacar, salvo el extraordinario trabajo de Philip Seymour Hoffman, un actor siempre a la altura de sus personajes pero que, en este caso, como el resto del reparto, no termina de sentirse cómodo con un instrumento de cuerda en sus manos. A pesar de todo lo dicho, la película se hace disfrutable por varios motivos e, incluso, emociona en ocasiones.


miércoles, 18 de abril de 2012

Los idus de marzo

3*

Son muchas las películas que se han acercado al mundo de la política con la intención de denunciar sus vicios y de iluminar sus sombras. Los ejemplos perfectos podrían ser El político, de Robert Rossen, o El candidato, de Michael Ritchie. Sin embargo, son pocas las que, finalmente, te pueden producir las ganas de dedicarte a tan apasionada como turbia profesión. Los Idus de marzo, dirigida y protagonizada por George Clooney, es una de ellas. Y no lo decimos como un ataque sino como la constatación de que, en política (una profesión ya de por sí ambigua e inestable), o se tienen las ideas claras o la confusión puede campar a sus anchas. Clooney nos cuenta la historia de una asesor de campaña, en plenas primarias del partido demócrata, que es arrastrado a una trampa política que le puede costar el puesto. Aún así, consigue utilizar los lazos sueltos de la moral para chantajear a uno de sus superiores y, así, materializar sus sueños profesionales. Con una dirección muy austera, parca en travellings y en movimientos de cámara, y manejando a la perfección el ritmo, Clooney ofrece una mezcla admirable de cine punzante pero entretenido, repleto de referencias a la política usamericana y sin ningún tipo de afectación trágica. Incluso aparece un homenaje (una especie de cara B) al discurso de Patton la víspera del día D. Sin embargo, no alcanza más nota por lo previsible de su trama y por caer en algún que otro tópico (como el de la becaria o el de la periodista aprovechada). Maravillosa interpretación de los secundarios Paul Giamatti y, sobre todo, de esa máquina de persuasión llamada Philip Seymour Hoffman. Por su parte, Ryan Gosling está correcto en todo momento.



viernes, 24 de febrero de 2012

La guerra de Charlie Wilson

3*

El creador de la exitosa serie de TV El ala oeste de la Casa Blanca y guionista de La red social, Aaron Sorkin, fue la persona elegida para escribir un guión (a partir de la documentada obra de George Crile) sobre los tejemanejes políticos del congresista texano Charlie Wilson (Tom Hanks) para incrementar el presupuesto de los EE.UU. en sus operaciones en Afganistán, asesorado por un agente de la CIA de oscuro pasado. Sin embargo, de hecho, dichas operaciones apoyaban una guerra encubierta contra la presencia soviética en la zona (guerra que ha sido mitificada en la ultraconservadora Rambo 2). Por su parte, lo que hace Mike Nichols es contar esa historia de una manera simplista, maniquea y mostrando un claro posicionamiento político en favor de la lucha contra el comunismo, posicionamiento que consigue ser relajado, subrepticiamente, mediante una inteligente estrategia consistente en mezclar conversaciones sobre asuntos técnicos y militares, negociaciones políticas de alto nivel, viajes a tutiplén y fiestas y juergas varias para crear la apariencia de normalidad y producir el siguiente argumento: los políticos son gente normal (no llevan una vida normal, es verdad, pero sus rasgos son los mismos que los de la gente normal: predilección por las mujeres hermosas, respeto por la religión y por la tradición, una ligera dipsomanía, admiración por los profesionales y por las personas francas y directas, etc.). Por lo tanto, sus acciones son normales y, por supuesto, sus consecuencias serán normales. Ergo buenas. Y aquí esta el problema. Que la película está tan comprometida en este argumento que, al final, debe dejar caer una crítica (si bien limitada) en el único punto flaco de la historia, según la perspectiva narrada. Pero para eso el lector debe ver la película (si no lo ha hecho ya) y sacar sus propias conclusiones. Por lo demás, la historia cuenta con dos buenas interpretaciones, la de Seymour Hoffman y la de Amy Adams, mientras que el personaje de Julia Roberts no solamente es un poco repelente sino que, además (y extra cinematográficamente hablando) la belleza de la actriz está francamente desaprovechada. El resto de elementos técnico-artísticos, a la altura de la producción.