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viernes, 16 de septiembre de 2016

Una histortia verdadera (Aka The Straight Story)

3.5*

Una historia verdadera es la prueba evidente que contradice todas las falacias que se han vertido contra David Lynch y contra su supuesta incapacidad para contar una historia a la manera tradicional y/o convencional. Las típicas críticas blandas que provienen de personas que no conocen la trayectoria de Picasso o Dalí, por ejemplo. Por un paisaje que es como un cuadro de Grant Wood, David Lynch mueve su cámara detrás de una historia de sacrifios y reencuentros, en la que un impagable Richard Farnsworth inunda los planos constantemente con su sabiduria actoral y su belleza cicatrizada. Además, la presencia final del gran Harry Dean Stanton nos recuerda lo frágiles y poderosos que son muchos de los actores de reparto USAmericanos. No es una vuelta al hogar, a la manera de Ulises, sino un reencuentro familiar. Bueno, es lo mismo. Un viaje insólito y humanísimo por su denuncia de las oscuridades del alma humana y porque pone el acento en que todos tenemos la capacidad de iluminarlas. Recuerda a la película de Paul Mazursky, Harry y Tonto.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Fresas salvajes (Aka Smultronstället)


Dedicada a Orit A. Amar

4*
Durante un viaje en coche con su nuera, el viejo y pedante profesor Borg recordará algunos momentos de su vida, con nostálgica tristeza, algunas veces ensoñándolos, otra recreándolos mediante el sueño o la simple evocación. El viaje tiene una finalidad: llegar a Lund, donde el profesor va a recibir un Doctorado por sus 50 años de profesión médica. Bergman rinde homenaje a Victor Sjöström, el padre del cine sueco, cediéndole el protagonismo de una de sus obras maestras, un retrato reconfortante sobre el paso del tiempo, de la vejez y de los recovecos del matrimonio, aunque no exento de crudeza, ternura y vitalidad. El homenaje incluye una cita textual de La carreta fantasma, una de las mejores películas de todos los tiempos. Con una fotografía límpida y al carboncillo, una puesta en escena milimétrica como una cantata de Bach y una música que se abraza a la película con amor, Bergman arroja al espectador una alegoría sobre la frialdad, la soledad y la muerte. Pero también sobre el arrepentimiento y el perdón. Bajo la estela de Freud y de su propia biografía, que tanto ha condicionado su cine (como reconoce en Imágenes), Bergman no nos cuenta su historia como si fuera esa “épica del ego” de la que hablaba Lacan. Más bien, para Bergman, los seres humanos estamos incapacitados para ser felices y para hacer felices a los demás, precisamente, por ese constante miedo a la muerte, que nos hace egoístas y frágiles. Evidentemente, ambas pulsiones determinan nuestras realidades pero, por suerte, hay muchos momentos de nuestras vidas que consiguen ponerse del lado del “principio del placer”. Esta obra es uno de esos momentos. Por cierto, el grupo Dogma ha copiado mucho de este film, sin duda, al igual que Woody Allen, como todo el mundo sabe.

domingo, 21 de diciembre de 2014

La plaga

3.5*

En el extrarradio de Barcelona, en una zona rural, cuatro personajes entrecruzan sus destinos por razones vitales y laborales: María, una anciana que ingresa en una residencia; Raúl, un agricultor que tiene que enfrentarse a una plaga en su viñedo; Rose, una enfermerera Filipina que trabaja en la residencia; e Iurie, un inmigrante de origen moldavo que practica la lucha libre mientras intenta salir adelante trabajando en el viñedo de Raúl. Neus Ballús dirige una película valiente, rodada a contracorriente de los tópicos del cine español, con una inspiración casi documentalista y extremadamente sensible y emocionante. Y lo hace mediante una concepción fílmica que basa su efectividad en la sofisticación de la sencillez. Por otro lado, el montaje consigue subrayar perfectamente el ritmo tranquilo y sosegado de quien vive la vida, la sufre pero también la disfruta. El resultado es una reflexion hermosa sobre la vejez y sobre la supervivencia que se aprovecha de un guión que ha sido capaz de adaptarse a las necesidades de la vida, impuestas durante los meses de rodaje. Es sorprendente, también, la naturalidad de varios actores nóveles que demuestran que la buena actuación, la creíble, en muchos casos no depende de una formación escénica previa. Al contrario. En conclusion, un film bello, en el que te metes como por casualidad y que te acaba regalando una sonrisa esperanzadora.

martes, 18 de febrero de 2014

Nebraska

3.5*

Si Larry Fink hubiera rodado una película, le hubiera salido muy parecida a la última obra del gran Alexander Payne, Nebraska. Pero no nos referimos al Larry Fink glamouroso y high class, sino al Fink provinciano, costumbrista, al que visita las granjas rurales en busca del tuétano USAmericano. Payne vuelve a su estado natal para contar una historia emocionante y cómica, con sus momentos descorazonadores y también con sus momentos tiernos, todo fifty-fifty. El casi senil Woody Grant (Bruce Dern) recibe uno de esos timos clásicos por correo que nos anuncian que hemos ganado un millón de dólares. El pobre viejo se lo cree y decide hacer el viaje desde Montana hasta Nebraska para “cobrar” el premio. Le acompañará su bondadoso hijo, cerrándose así el círculo that will be unbroken. La dirección de Payne está llena de humilde sabiduría, de una pulcritud propia de una vieja camisa Pendleton y, sobre todo, de una ironía tan fina como el mejor de los carpaccios. Con el espíritu de los films de los cincuenta/sesenta (plasmado en una fotografía de Papamichael gloriosa y en una música folk, sencilla y emotiva, de Mark Orton), Payne suelta por el Medio Oeste al viejo Grant y a sus Sancho Panzas, prestos a descubrir al espectador la maravilla de las ilusiones y de los sueños rotos. Contaba Italo Svevo la tristeza de Mefistófeles cuando una vez intentó comprar el alma de un viejo y éste, abatido, esperando la muerte, le dijo que no necesitaba nada, que no quería nada. Payne nos enseña que siempre se puede soñar, que siempre se puede desear y que, por tanto, siempre se está a tiempo de conseguir algo, aunque tu vida parezca la de un mero espectador, pasivo, decrépito, anciano. Por cierto, esta vieja camisa tiene un par de pequeñas arrugas. Casi no se ven pero hacen que el resultado final no alcance la perfección.

lunes, 28 de mayo de 2012

Dejad paso al mañana

4*
 
En unos EE.UU. de América, todavía bajo la Gran Depresión, un matrimonio de avanzada edad es desahuciado por el banco. Al no poder ser alojados juntos en la casa de ninguno de sus cuatro hijos, tendrán que vivir separados los últimos años de su vida (curiosamente, ninguno de los hijos propone pagar la hipoteca). Una de las obras menos conocidas del maestro Leo McCarey, estrenada el mismo año que La pícara puritana (1937). A diferencia de la segunda, Dejad paso al mañana no cosechó los merecidos éxitos y premios, quizás por su incomoda propuesta y amarga naturaleza, aunque el característico y habitual decoro McCareyano (paralelo, similar al de un Ozu o un Bergmam) mantiene firmemente a la historia en los límites del drama, es decir, la aleja de los típicos sentimentalismos y lacrimosos excesos de otras producciones similares. De esta manera, como ha explicado Miguel Marías, McCarey elabora un melodrama que no es melodramático, convirtiendo Dejad paso al mañana en una de las más desgarradoras y tiernas reflexiones sobre la vejez, sobre la incomunicación entre padres e hijos y sobre los distintos egoísmos familiares, en la línea de Cuentos de Tokio o En el estanque dorado