Western realmente atípico, rodado por Arthur Penn a mitad de su
carrera y con una portentosa interpretación de Dustin Hoffman en el papel de
Jack Crabb, único superviviente de Little
Big Horn. La película comienza con los recuerdos del propio Crabb, a los
121 años de edad (por cierto, su maquillaje como anciano recuerda a uno
posterior, en La matanza de Texas),
lo cual ya induce al espectador a relajar su exigencia de verosimilitud y/o
realismo respecto de todo el flash-back
en que consiste la película. De hecho, el film
entero es una fabula satírica, no exenta de nostalgia, sobre la conquista del Far West, por parte del hombre blanco y
a costa de los distintos pueblos indios, con los que se colisiona de una forma desigual
e inexorable. El argumento está estructurado sobre distintos sketchs (más o menos autosuficientes,
aunque finalmente relacionados), en los que el protagonista va personificando
distintos oficios (desde indio a trampero, pasando por pistolero o borracho),
va conociendo distintos personajes y va visitando distintas batallas famosas.
La moraleja de la historia es que el hombre blanco no es propiamente un “ser
humano”, de lo cruel y destructivo que se comporta. Precisamente por esto,
quizás, podemos explicar el casi olvido al que se ha sometido a esta
producción, basada en una magnífica novela de Thomas Berger (publicada en
castellano por la insigne editorial Valdemar). En definitiva, una película
hermosa por dentro y por fuera, con uno de los mensajes más poderosos que se
puedan ver en el cine contra la forma de vida (violenta, arbitraria, obsesiva)
del hombre blanco, aun con todos sus premios Nobel de la Paz, todas sus ONGs y todas
sus creaciones artísticas, científicas y filosóficas.
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lunes, 23 de febrero de 2015
lunes, 16 de abril de 2012
Network (Un mundo implacable)
3.5*
Despiadado retrato de los tejemanejes televisivos y de la
forma en que las cadenas de TV sacan brillo a los intereses económicos de las
corporaciones que hay detrás de ellas. Sidney Lumet sirve en bandeja de plata
un drama sobre las ambiciones de un selecto grupo de hueros y despiadados
ejecutivos en su lucha por los índices de audiencia. Y lo hace a costa de caer
algunas veces en una ridícula farsa. Sin embargo, la profundidad general del
planteamiento y la entregada interpretación del cuarteto protagonista salvan con
creces la función. A destacar el sobrio papel de William Holden, una
histriónica pero glacial Faye Dunaway, un avaricioso Robert Duvall y, por
encima de todos, un mesiánico y subversivo agitador –interpretado con mil y un registros por
un Peter Finch en su último papel-, el cual, a la postre, es descarnadamente utilizado para los propios fines corporativos. Unos fines corporativos
representados por el personaje de Mr. Jensen, que pronuncia una de las frases
más famosas del film: “el mundo es un negocio”. La dirección es sutil, fluida,
televisiva, con una excelente fotografía fija de Owen Roizman (el mismo de Libertad Condicional o de la magnífica Los tres días del cóndor). 4 años más
tarde, en 1980, Bertrand Tavernier rodaría La muerte en directo, una alegoría futurista sobre un mundo en el que filmar
la muerte es todo un acontecimiento televisivo. Por cierto, uno de los 2
asesinos que salen en la película es Tim Robbins.
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