La Guerra Fría y su epítome
máximo, el Holocausto nuclear, han sido dos de las últimas pruebas fehacientes
de que la humanidad está gobernada por una pandilla de matones indeseables, por un grupo de sociópatas avariciosos. En
todo caso, como fenómenos históricos reales, ambos acontecimientos han
condicionado buena parte del contenido de nuestras más recientes
representaciones colectivas y, con ello, de nuestras producciones culturales,
literarias, teatrales, poéticas, literarias. Y ello durante varias generaciones.
La Hammer, bajo la extraña y sorprendente dirección de Joseph Losey, produce
una película de ciencia ficción mezclada con la delincuencia juvenil, con la malévola
sencillez de quien hace una pequeña tarta de manzana para luego rellenarla de
sangre. La premisa del argumento, así como su desarrollo, es algo que se
aconseja sea descubierto por el espectador deseoso de ampliar su experiencia
vital. Entre el estreno de Eva y el
rodaje de El sirviente, Losey recibió
el encargo de rodar una historia del guionista Jamaicano Evans Jones (¡sí, el
mismo de Wake in Fright!), que recrea
una Inglaterra donde la gente se mueve entre la distopia institucional y el
masoquismo personal, entre la inevitabilidad de un plan diabólico y el heroísmo
fútil, como sugiere Colin Gardner en su revelador estudio sobre la filmografía
del director USAmericano. El montaje paralelo no hace sino ir reforzando estas
realidades que se cruzan y retroalimentan.
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sábado, 28 de mayo de 2016
jueves, 28 de abril de 2016
El síndrome de China (Aka The China Syndrome)
3.5*
Después del éxito del cine de
catástrofes, propio de una época (la irredenta década de los setenta) ávida de
experiencias cinematográficas morbosas, más o menos increíbles, había que
contar las amenazas reales a las que está expuesta “la sociedad del espectáculo”.
Por eso proliferaron, a finales de la década, varios disaster films, digamos, “reales” y críticos, es decir, sobre
situaciones que pueden asolar perfectamente nuestra forma de vida y que, de
hecho, en muchos casos, están en la base de la misma (especialmente con
empresas sin escrúpulos de por medio). Por ejemplo, el riesgo de la energía
nuclear, en varias de sus formas, no solamente como Holocausto Nuclear. Con el
compromiso y la producción del propio Michael Douglas, un desconocido James Bridges rueda una muy bien narrada y muy tensa historia sobre una central
nuclear que está a punto de ocasionar un auténtico estropicio en el idílico
territorio de California. En este sentido, es modélico el final elegido. Jane
Fonda y Jack Lemon regalan dos personajes admirablemente interpretados, al
igual que el propio Douglas, o los veteranos Scott Brady, James Hampton, James
Karen, Peter Donat, Richard Herd o el carpenteriano Wilford Brimley. Con una
factura cuasi televisiva, The China
Syndrome (y, luego, películas como Silkwood, Plutonium o Alerta atómica) puso en contacto a la población USAmericana con los riesgos de la
energía atómica, luego confirmados por variados accidentes, como el que ocurrió
solo unos pocos días después en Pensilvania. Pero está visto que los seres
humanos no tenemos memoria. Y así nos va.
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lunes, 13 de julio de 2015
Hiroshima, mon amour
3.5*
Lindsay Anderson nos recordó, en el manifiesto de los angry young men, allá por los años cincuenta del “siglo corto”, que
el cine es una industria. Pero también un arte. Y un medio de comunicación. Y
algunas cosas más. Y que algunos directores son conscientes de estas tres
circunstancias para intentar exprimirlas en una obra compacta y sin fisuras. Alain
Resnais, casi el padre de la nouvella
vague, comenzó su andadura cinematográfica con varios cortometrajes y un
par de documentales, devenidos en clásicos, en particular Noche y niebla. Sin embargo, su salto al largometraje (digamos, de
ficción) fue con esta adaptación de un guión de la gran Marguerite Duras. El
contenido gira en torno a las 24 horas que pasan dos amantes, una actriz
francesa y un arquitecto japonés, en el Japón de postguerra, ocupado por los
EE.UU. La forma intenta vertebrar un grupo de imágenes alrededor de varios
diálogos y escenas en torno al presente de los amantes pero también a su
pasado, disparado por algunos recuerdos y el trauma asociado a los mismos. Pero
contenido y forma se funden en una reflexión experimental sobre la memoria y el
olvido, sobre el amor y el dolor, sobre el presente y el futuro, disparado por
un acontecimiento histórico modernista, como diría Hayden White: el bombardeo
de Hiroshima, magistralmente representado por el Masuji Ibuse de Kurio Ame. Y que Resnais podía haber
conocido si, como quiere Borges, la cronología hubiera podido invertirse. Una
película hermosa y dolorosa, moderna y atemporal a la vez. Un film que te exije atención y esfuerzo
pero que te hace un regalo, pese al abrupto final. Una experiencia reflexiva, en definitiva, no apta para
públicos remolones y pasivos, esos que medio llenan algunas salas de los kindergarten fílmicos de los centros comerciales.
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martes, 30 de junio de 2015
Cartas de un hombre muerto (Aka Dead Man's Letters)
3.5*
Decía Win Wenders que las
visiones del final de los tiempos se han generalizado tanto que ya no se puede
edificar nada nuevo sobre ellas. Así, son muchas las historias cinematográficas
ambientadas en un futuro post holocausto nuclear. Desde Five, de Arch Oboler (1951) y El
muelle, de Chris Marker (1962) hasta 12
monos, de Terry Gilliam (1995) o La
carretera, de John Hillcoat, (2009), pasando por El planeta de los simios, Damnation
Alley, Mad Max, Last Night, Testamento final, El día
después o el pseudo documental Threads.
Por todo ello, nuestra obsesión por un Apocalipsis laico ha sido una constante
a lo largo del siglo XX. Y el cine ha sido uno de los medios privilegiados para
representarlo. El oscuro y semi desconocido film Deluge, de 1933, da prueba del pionero interés por estas
cuestiones. Por su parte, la cinematografía rusa tampoco ha estado al margen de
este interés. Por ejemplo, este Cartas de
un hombre muerto, rodado en 1986 por el discípulo de Tarkovski, el director
ucraniano Konstantin Lopushansky, que trabajó con el genio ruso en Stalker. Se trata de un film desasosegante y tétrico, donde la
humanidad superviviente, refugiada en Bunkers subterráneos, reflexiona sobre el
sentido de su final, a lo Frank Kermode, entre niños que han perdido el habla,
científicos devastados por la culpa y una geografía desolada y radioactiva. Un
clásico de la ciencia ficción soviética.
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viernes, 10 de abril de 2015
70 minutos para huir (Aka Miracle Mile)
3.5*
Harry Washello (Anthony Edwards)
conoce un día cualquiera de trabajo a Julie (Mare Winningham), la chica de sus
sueños, de la que se enamora y con la que queda unas horas después en la
cafetería donde ella trabaja, en Miracle
Mile, un barrio de Los Ángeles. El despertador no funciona correctamente y,
cuando llega tarde a la cita, la chica no está y, curiosamente, el teléfono de
la cafetería no deja de sonar. En cuanto lo coje, una temblorosa voz le
comunica que en 70 minutos van a caer unos misiles nucleares que ya han salido
de su destino. A partir de este momento se desencadena todo un conjunto de
situaciones imprevisibles que tienen como hilo conductor la huida de los
personajes para salvarse de la inminente hecatombe nuclear. La película está
dirigida por Steve De Jarnatt (el creador de la videoclubera Cherry 2.000) y muestra una
sofisticación en la composición de los planos, en la planificación y en la
dosificación del ritmo y del desasosiego, propios de un artista consagrado, no
de un cuasi debutante. Fotografía crepuscular y artística, que saca buen partido
apocalíptico de la geografía urbana. La BSO, atmosférica y tensa, como la que
los mismos Tangerine Dream compusieron para Risky Business. Las
interpretaciones, convincentes como el acento siciliano de Robert de Niro en El Padrino II. Y el final, por cierto,
es uno de los más valientes del género aunque, desde el punto de vista
dramático, es un tanto insatisfactorio.
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jueves, 23 de enero de 2014
Threads
3.5*
Threads es una de las más dramáticas y desoladoras visiones sobre
un hipotético holocausto nuclear. La película comienza con la presentación de la
vida normal en una ciudad de Gran Bretaña, a mediados de los ochenta, y en
cómo, de una forma abrupta e imprevisible, comienza una escalada militar que
acaba con el lanzamiento generalizado de misiles nucleares. Pero la película
destaca por mostrar con todo lujo de detalles las secuelas de un ataque
atómico, a todos los niveles, tanto a nivel personal como a nivel colectivo;
tanto a nivel psicológico como a nivel biológico; y todo ello narrado “día a
día”, destacando por su aspereza y contundencia, como algunas imágenes de Cartas de un hombre muerto. En 1984, la
BBC retransmitió este film por
televisión y, debido a la dureza de lo que retrata y al carácter cuasi documental
con el que fué rodado, produjo depresión en miles de espectadores. De alguna
forma, causó las mismas o similares reacciones que El día después, la famosa producción USAmericana que tanto
impresionó al mismo Ronald Reagan. Como curiosidad, Carl Sagan ejerció como
consultor técnico-científico de este film,
una producción que el propio Ted Turner costeó en su pase por la TBS. Por
cierto, la película presenta una denuncia solapada de la inutilidad de la
tecnología, de la fragilidad e interconexión de la vida moderna y muestra
también algunos curiosos guiños al imaginario cristiano. Una de las más desagradables y desalentadoras historias que un espectador se puede echar a la
vista.
martes, 28 de agosto de 2012
Juegos de guerra
3*
Entretenida
intriga juvenil sobre un barbilampiño adolescente (Matthew Broderick), con
talento para la informática, que accede accidental y telefónicamente (los
antecedentes de Internet) a WOPR, el
ordenador central de la defensa de EE.UU., lo que desencadena un conflicto
nuclear que solo puede ser desactivado utilizando las mismas habilidades
tecnológicas que lo han causada aunque, en todo caso, con la ayuda del profesor
Falken (un papel que fue escrito originariamente para John Lennon). Con
endebles matices políticos y en el contexto del desmantelamiento de la Guerra Fría (El día después y Testament son del mismo año), la película se ve con agrado puesto
que el mensaje (más allá del típico maniqueísmo USAmericano de la
ultraconservadora década de los ochenta), es moralmente loable por su
antibelicismo, aunque el guión y la materialización cinematográfica adolezcan
de casi todos los defectos de la época (estereotipos sociológicos, simplismo
ideológico, sexualidad reprimida pero latente, convencionalismos fílmicos
varios), además de alargarse hasta casi las dos horas. La escena del comienzo
está calcada de un film de Jack
Smight, Damnation Alley y la idea del
ordenador de defensa que toma el control parece extraída de Colossus: The Forbin Project. El
director, John Badham (autor del idioteque
setentero Fiebre de sábado noche),
volvería a intentar repetir el éxito con Cortocircuito.
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