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miércoles, 29 de julio de 2015

Vampiros de John Carpenter (Aka John Carpenter's Vampires)

3*

John Carpenter, con el arrojo de sus mejores entregas fantásticas, traslada el mundo de los vampiros al desierto texano: es decir, introduce la idiosincrasia vampírica en los corsés narrativos y estéticos del Western. Evidentemente, no es la primera vez que se mezcla el Western con el cine de terror (vid. Curse of the Undead, Ghost Town, Hex, Inn of the damned, o El grito de la muerte). Y tampoco es la primera vez que se coloca al mundo vampírico en el Far West (Vampiros a la sombra sería un buen ejemplo) o en un árido estado USAmericano (Los viajeros de la noche). Incluso una película como The Devil’s Rain hace aparecer el terror satánico en medio del desierto de México, en Durango. Sin embargo, sí es la primera vez que se hace con esa desolación pesimista característica del mundo de Carpenter. Lo que el espectador contempla es una epopeya sobre la desesperada misión de un grupo de ignotos caza vampiros, capitaneados por James Woods, que se esfuerzan por impedir que un extraño códice caiga en las manos equivocadas y permita a su poseedor hacerse con el mundo. Estéticamente, Carpenter se rinde a las posibilidades cromáticas del experimento y rueda una historia salvaje, con puestas de sol rojas como la sangre y música de slide. Sin embargo, el resultado no convence del todo: ni por el argumento, ni por su desarrollo narrativo, ni por los personajes, ni por la acción, aunque constantes destellos mantienen la atención del espectador, así como esa visión nihilista, anticlerical y hawksiana, que subyace en casi toda la obra del director de Carthage. En alguna breve ocasión, viene a la mente la extraña producción sobre hombres lobo motoristas Werewolves on Wheels, de 1971. Tras esta cinta de Carpenter, se desataría una extraña y secreta oleada de admiradores: The Burrowers es, quizás, una de las más conocidas.

martes, 14 de abril de 2015

Han cambiado de cara (Aka ...hanno cambiato faccia)

3*

El camino de las adaptaciones es tortuoso. De la maravillosa obra maestra de Bram Stoker se han realizado todo tipo de versiones (desde el Nosferatu de Murneau hasta Nosferatu en Venecia) pero, sin duda, esta es una de las más extrañas y asombrosas. Corrado Farina, escenógrafo, escritor y director de cine italiano, originario de la alta burguesía savoya, da forma a una alegoría sobre el capitalismo y la tecnología a partir de la premisa de que los mitos no mueren, solo se transforman. Así, la figura gótica del vampiro se convierte en un gran propietario de medios de producción y de distribución de bienes y servicios que sigue chupando la sangre a sus pobres víctimas, en este caso literal y metafóricamente hablando, con la ayuda de la casta en el poder. De hecho, ese gran propietario se llama Giovanni Nosferatu, nada menos. La excusa argumental que dirige toda la trama gira en torno a un ingeniero de una compañía química, Alberto Valle, que es invitado por el dueño de un conglomerado de empresas (Adolfo Celi), a su siniestra mansión de campo, para recibir una propuesta de ascenso. El film es una de esas rarezas propias de la irredenta década de los setenta, de una gran fuerza simbólica y de denuncia, y resulta curioso que esté tan olvidada dentro del panorama cinematográfico actual. Por otro lado, la dirección se ve algo lastrada por modas visuales coyunturales y a la trama, claramente, le sobran algunas secuencias (como la de la partida de golf y la de los anuncios en blanco y negro). En todo caso, una película a reivindicar, por su enorme poderío crítico, tanto frente al status quo como frente a las fibras de lo convencional, la sumisión y la normalización sobre las que se sostiene. 



martes, 23 de julio de 2013

Martin

3*

George A. Romero abandona momentáneamente su saga zombi (diez años después del estreno de La noche de los muertos vivientes) para adentrarse en la inquietante historia de un joven que parece estar afectado por una maldición familiar, la del no muerto (es decir, la del Nosferatu). Martin, acuciado por la necesidad de sangre, comete todo tipo de crímenes, a los que hace pasar por suicidios. Con una realización cuasi amateur y, por momentos, abrupta, una producción de bajo coste, rodada en un suburbio de Pittsburg (la ciudad natal del director), un montaje atropellado y un guión algunas veces confuso, la historia, sin embargo, consigue seducir al espectador por su misteriosa trama y gracias a  momentos puntuales, como la turbadora escena pre créditos en el compartimiento de un tren. Los encuadres, la fotografía y la BSO apuntalan el carácter intrigante y ambiguo del relato. Represiones y fetichismos sexuales, traumas psicológicos, disfuncionalidad social y aspereza individual para una meta reflexión sobre la enfermedad y la adicción, subrayada por esos flash backs en blanco y negro, aunque sin llegar a la pedantería filo vampírica de Abel Ferrara en su The Addiction (1995). Como curiosidad, hay un papel para el maestro de los FX Tom Savini. Dos años después, en Thirst, Rod Hardy sorprendería con su actualización de los mitos vampíricos y con sus granjas de sangre humana.



miércoles, 3 de julio de 2013

Las vampiras (Aka Vampyros Lesbos)

2.5*

Siguiendo la estructura clásica del Drácula de Bram Stoker, Jesús Franco rueda una más de sus múltiples variaciones sobre el género vampírico aunque, en este caso, con una pátina de actualización y con el erotismo magnético de Soledad Miranda, una de las musas del director (su “símbolo femenino”, como escribe Carlos Aguilar), con quien había trabajado (con mayor o menor intensidad) desde La reina del Tabarín. La verdad es que el film no destaca precisamente por nada en especial, salvo por las vueltas de tuerca que ofrece respecto de las obsesiones habituales del director (como en Macumba sexual o La hija de Drácula). Y, de hecho, un par de escenas están enraízadas, directamente, en la magnífica Miss Muerte (las de los bailes eróticos con el falso maniquí). En todo caso, se sigue con evidente placer, el guión y la voz en off tienen cierta elaboración y al menos 3-4 escenas son memorables, aunque la inspiración visual parece un remedo de la extraordinaria El desprecio, de Godard. Por otro lado, Franco vuelve a componer uno de esos personajes bizarros que tanto le gustaba interpretar, tanto en su filmografía como bajo la dirección de otros. Producción alemana, rodada entre Berlín, Alicante y Turquía y con una BSO excelente, que el propio Quentin Tarantino tomaría prestada para su fascinante Jackie Brown.



jueves, 18 de abril de 2013

El ansia

3.5*

Como afirma la autora de la imprescindible Encyclopedia of Gothic Literature, Mary Ellen Snodgrass, las historias de terror “are indigenous to human artistry”. Por eso, a lo largo de la historia de las creaciones humanas, el terror ha permeado tanto nuestras manifestaciones literarias como las visuales. Aunque es con la aparición del medio cinematográfico con lo que el terror como género se hace realmente popular, conquistando casi cada rincón del orbe. En este caso, la historia se remonta al Drácula de Bram Stoker pero actualizando y modernizando cada uno de sus componentes. David Bowie y Catherine Deneuve son los Blaylock, un matrimonio de no muertos, ricos, chics y decadentes, que viven escondiendo a la sociedad su vampírica condición porque, entre otras razones, tienen que matar para sobrevivir. Por su parte, la doctora Sara Roberts (Susan Sarandon), está investigando la posibilidad de retrasar la vejez y, con ella, de alargar la vida, pero su camino se cruza con la del matrimonio Blaylock. Más allá de su esteticismo impenitente, influenciado por la obra de Irving Penn, y de un montaje inspirado en las técnicas del commercial, El ansia es una estimable revisión del mito vampírico, a la luz del movimiento new romantic y mediante una excusa argumental propia de la ultraconservadora década de los ochenta: la de la búsqueda de la eterna juventud. Además, todo se aliña con los correspondientes toques eróticos, sanguinolentos y musicales. Sin embargo, el final es un tanto delirante e inconsistente. En todo caso, se trata de la opera prima del hermano de Ridley Scott, Tony Scott, y (con seguridad) estamos ante una de sus obras maestras, junto con Marea Roja y Amor a quemarropa. Por cierto, al parecer se está rodando una continuación.




martes, 23 de octubre de 2012

El último hombre sobre la tierra

3*
De las tres dignas versiones que se han rodado sobre la famosísima novela de Richard Matheson, Soy leyenda, esta es la primera y la más fiel en espíritu y en letra. Por tanto, no extraña encontrar al mismo Matheson colaborando en el guión, (aunque tuvo que usar un seudónimo porque quedó descontento con el resultado). La apocalíptica historia se centra en la rutina diaria del doctor Robert Morgan (Vincent Price), único superviviente de una plaga vírica, en un mundo atestado de vampiros, a los que persigue e intenta exterminar. Por su parte, el propio Matheson se aseguró de que los seres que acosan al protagonista no fueran mutantes ni zombies, sino vampiros, como en el texto original (aunque tengan comportamientos parecidos a los zombies de George A. Romero, todo hay que decirlo). Sidney Salkow firma una coproducción entre la AIP e Italia, con una más que correcta interpretación de Vincent Price, una lúgubre fotografía del siempre excelente Franco Delli Colli y un mensaje desolado y pesimista. Otras lenguas más chismosas han sugerido una lectura en el marco de la Guerra Fría. En todo caso, parte de la trama recuerda a esa rareza de 1959, El mundo, la carne y el diablo, de Ranald MacDougall. Para adentrarse en ficciones post apocalípticas, es muy recomendable la compilación de John Joseph Adams, Wastelands: Stories of the Apocalypse, que destaca la atracción por la aventura, la lucha por la supervivencia y la exploración de nuevas fronteras, no solamente físicas, como los principales atractivos que subyacen a este tipo de narraciones.



lunes, 23 de enero de 2012

Arrebato

3.5*

Año 1979. Madrid. José Sirgado (Eusebio Poncela) es un director de cine, adicto a la heroína, que descubre que su ex novia (Cecilia Roth) –con la que había roto- ha acampado en su propia casa. Además, está intentando rodar una película de terror, La maldición del hombre lobo, que tiene todo tipo de problemas. Por otro lado, en una escapada con su amiga Marta conoce a Pedro, un adicto al cine que lo vive como si no existiese ninguna otra cosa sobre la faz de la tierra. Tiempo después, José recibe una película y una cinta de audio donde Pedro le explica los alucinantes y extraños acontecimientos que ha vivido y en los que está implicada su cámara de Súper 8. Y así comienza la película… Arrebato (segundo y último largometraje de Iván Zulueta, en 35 mm) destaca como una rara avis en la filmografía española, tan dada a una especie de autocensura pro comercial (dejando a un lado varias notables excepciones, por supuesto). Para empezar, constituye una absorbente reflexión sobre el cine, sobre su capacidad de asombrarnos, de deslumbrarnos, y, por tanto, de evadirnos de la realidad. Como propone la película, el cine nos arrebata. Destaca, además, por la sugerencia que hace del cine una especie de vampiro: nos roba parte del tiempo que podríamos dedicar a la vida; nos deja sin vida. Pero cualquier reflexión sobre el mensaje de la película no es sino una conjetura y, como tal, está sujeta a múltiples revisiones, como la esencia misma de Arrebato, una maravilla entretejida con underground neoyorkino, E.A Poe y el cine-ojo de Dziga Vértov.