Una caravana de mormones emprende
un viaje hasta Utah acompañada por un par de amigos vendedores de caballos. Por
el camino, viviran todo tipo de experiencias y conocerán a varios grupos
humanos. Prototipo de buena parte de la filmografía de John Ford, Wagon Master (en su título original)
condensa en sus casi 90 minutos varios de los mottos típicos del cine de su llorado autor: un viaje a la tierra
prometida que es, además, un arquetipo para la vida de frontera en los EE.U.;
una historia protagonizada por personajes humildes que adquiere un aliento
épico; una narración que avanza como un carromato por las montañas de un país
todavía por descubrir; una concepción grandiosa y espectacular del paisaje;
diversos excursos festivos, cómicos y de acción; una visión tradicional de las
relaciones humanas donde, sin embargo, hay espacio para la novedad, la
redención y la diferencia (incluyendo a los aborígenes USAmericanos); y una
concepción casi familiar del trabajo cinematográfico (con un lugar de
privilegio para varios profesionales del gang
fordiano: un expléndido Ward Bond, Ben Johnson, Harry Carey jr., Joanne Dru,
Jane Darwell y Hank Worden). En definitiva, una obra de transición dignísima,
rodada bajo el paraguas de Argosy, la productora del director, justo un año
antes de Río Grande y solo un año
después de La legión invencible. Por
cierto, en La última película, de
Peter Bogdanovich, se rinde un pequeño homenaje a este estupendo film.
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viernes, 12 de diciembre de 2014
viernes, 14 de septiembre de 2012
Las uvas de la ira
5*
Richard Rorty ha escrito que una descripción detallada de los sufrimientos e injusticias
presentes y pasadas puede movilizar a las víctimas a la vez que puede
intranquilizar a quienes cometen o consienten tales ofensas. John Steinbeck,
que ya había plasmado la difícil lucha por la supervivencia en De ratones y hombres, condensó todas sus
virtudes éticas y artísticas en Las uvas
de la ira, que el guionista Nunnally Johnson adaptó para esta obra maestra
de John Ford, primera parte del tríptico sobre las clases trabajadoras que
completan Qué verde era mi valle y La ruta del tabaco. En la línea del
mejor progresismo USAmericano (Jefferson, Whitman, Dewey, Roosevelt) Ford
dirigió esta legendaria radiografía de la Gran Depresión, que se ha convertido
en uno de los paradigmas del cine social por la hondura del análisis y el vigor
de los símbolos utilizados, por la falta de sensiblería y, finalmente, por la
maestría artística. Al mismo tiempo, hay una ráfaga anticapitalista en el film. Como en El pan nuestro de cada día, Ford no mitifica a la clase
trabajadora y a los agricultores de la Dust
Bowl que perdieron sus granjas “a golpe de subasta”, como escribió Howard Zinn, porque eso sería falsificar la realidad. En su lugar, presenta un
sosegado retrato de sus sufrimientos y dota a los personajes de una gran
dignidad, materializada a través del contraste entre la crueldad de la
injusticia padecida y la entereza con la que la sobrellevan. Además, John Ford
resalta la fraternidad y solidaridad existente entre las clases bajas (sin, por
otro lado, escatimar los conflictos y zancadillas en su seno), en
contraposición al tratamiento que reciben de las clases propietarias,
avariciosas e insolidarias. Magnífica interpretación de un grupo de
maravillosos actores (especialmente Henry Fonda, Jane Darwell y John
Carradine). Por último, la fotografía de un Gregg Toland pre Kane es para quitarse el sombrero. Se aconseja comparar con Sounder, de Martin Ritt.
Etiquetas:
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