Jack Carter, un asesino
a sueldo que trabaja en Londres, sospecha que alguien ha matado a su
hermano y lo ha hecho pasar por un suicidio. Por tanto, para descubrir al
verdadero asesino de su hermano, se dirige a su ciudad natal, una industrial
y low-class Newcastle.
Poco a poco, comienza a escudriñar en los círculos más selectos de la ciudad y
descubre las verdaderas razones detrás de la muerte de su hermano. Revisión
británica del thriller negro
USAmericano, sobre la base de una historia que podría haber firmado
perfectamente Raymond Chandler, salvo por una cosa: el carácter
action hero del protagonista, un
implacable e impagable Michael Caine. Desde el punto de vista narrativo, el film supone un antecedente directo de
esos retratos slang-gansteriles de Guy
Ritchie: estallidos de violencia incontrolada y seca, sexploitation ruda y desaliñada y unas
dosis altísimas de cinismo, como si no se pudiera contar una historia de esta
naturaleza sin una distancia tan fría como un whisky on the rocks. En contra suya, hay que destacar una estética
absolutamente coyuntural que no permite abstraer fácilmente las características
noir de la película sino que sitúa al
espectador en una ciudad desaliñada, tanto física como moralmente,
que siente los efectos de la desindustrialización y que, a la postre, exhibe
algunas de las singularidades típicas del cine british de la época. Un año después, director y actor volverían a
colaborar juntos en la simpatiquísima Historias peligrosas.
lunes, 21 de abril de 2014
Get Carter (Aka Asesino implacable)
3.5*
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domingo, 20 de abril de 2014
Campamento sangriento (Aka Sleepaway Camp)
2*
Entrañable slasher de culto, estrenado a comienzos de la ultraconservadora
década de los ochenta, a la zaga del éxito de Viernes 13 y The Burning
y con el protagonismo absoluto de un campamento de verano, el campamento
Arawak, con los tipos característicos del lugar (adolescentes, monitores, PAS)
y testosterona por doquier. El leit motiv
de la historia es tan simple como efectivo: un sentimiento de venganza obliga a
asesinar, uno a uno, a diferentes personajes que pululan por la trama. Los
asesinatos son ciertamente curiosos, es decir, no son los habituales machetazos
del género. Aunque, por otro lado, algunos, siguiendo el tópico, están rodados
con cámara subjetiva. Por su parte, los efectos especiales son extrañamente
feroces, como el propio final de la película, uno de los más bizarros y grotescos de la historia del cine. Visión añeja y nostálgica sobre una época, a
medio camino entre la indocilidad de los setenta y el conservadurismo USAmericano
de los ochenta (como muestra un detalle: una camiseta es del grupo Blue Oyster Cult). Rodada por un
director y productor independiente, la humildad de la propuesta está
desarrollada coherentemente con diálogos de patio de colegio, unas
interpretaciones amateurs y un ritmo
a menudo parsimonioso, como de otra época y de otro mundo. Ciertamente no de
comienzos del siglo XXI.
martes, 15 de abril de 2014
Mis 5 imprescindibles de Robert Mulligan:
-
Matar
a un ruiseñor (1962).
-
Amores
con un extraño (1963).
-
Verano
del 42 (1971)
-
El
otro (1972).
-
Verano
en Louisiana (1991).
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Verano en Louisiana
viernes, 11 de abril de 2014
El furor del Dragón
2.5*
El joven Tang
(Bruce Lee) llega a Roma donde una amiga acaba de inaugurar un restaurante. Sin
embargo, una panda de maliciosos gangsters karatecas les intentan hacer la vida
imposible para apropiarse del local, por lo que Tang deberá rasgarse su
camiseta, emitir extraños sonidos con la boca y mostrar su pericia marcial.
Un argumento archiconocido
y repetido hasta la saciedad (algo que haría las delicias de Heidegger y
Kierkegaard) y que es llevado a la pantalla por la estrella de las artes
marciales, Bruce Lee, el cual, además, interpreta su sempiterno personaje arquetípico:
el del salvador de restaurantes chinos y héroe por accidente. Con una puesta en
escena repleta de aspectos chirriantes y una coreografía que deja mucho que
desear (falta de tensión,
golpes repetitivos y defectos de coordinación de todo tipo), el film, sin embargo, se ha convertido en
una obra de culto dentro del mundillo del Kung Fu, precisamente por la lucha
final, en el Coliseo Romano, entre Bruce Lee y Chuck Norris (por entonces,
campeón del mundo de Karate de los pesos medios): un combate que está rodado y
montado con cierto suspense
y pericia, aun a costa de varios encuadres corregidos y de esos fastidiosos
zooms típicos de los setenta. Por
cierto, fue el penúltimo papel cinematográfico del mítico luchador-filósofo de
San Francisco.
jueves, 10 de abril de 2014
Her
4*
En 2010, Spike Jonze
estrenó I'm here,
un mediometraje sobre una relación de pareja bastante insólita: se trataba de
dos robots que se conocen y se “enamoran” en Los Ángeles. Una idea conceptualmente
similar es la que el director USAmericano ha intentado plasmar en este film, basado en un inteligente y emotivo
texto propio. Y he aquí la primera maravilla. Tras la marcha de Charlie
Kaufman, la obra de Jonze parecía que se había quedado sin su fuente de
inspiración. Sin embargo, con Her,
ha quedado demostrado que, literariamente hablando, aún hay vida después de
Kaufman. Y, visualmente, también hay vida después de Jonze (y ahí está Synecdoche New York para
demostrarlo). Sobre el papel, el argumento de la película es una simple
anécdota (un hombre en crisis sentimental se enamora de un sistema operativo)
pero, en la pantalla, todo adquiere un especial aura de verosimilitud gracias
al profundo, divertido y veladamente reflexivo guión
(aunque no es tan penetrante como parece a primera vista). Sin embargo, el
conmovedor resultado final se debe también a la acertada customización
ecofuturista (¡atención a ese cielo estrellado sobre un inmenso L.A.!), a una
música de Arcade Fire
(con toques de DCFC y Satie) que
encapsula, como en un spot, escenas
de una gran intensidad emocional y, sobre todo, gracias al trabajo de unos
extraordinarios Joaquin Phoenix y Amy Adams. El estilo visual del film, de una modernidad icónica
evidente, podría ser el hijo putativo del matrimonio con Sofía
Coppola (humildad en la dirección, una puesta en escena sobria pero
muy cuidada, narrativa sternesiana, una estetización absolutamente trendy, etc.). La película tiene,
además, dos momentos que rozan lo sublime: la primera es la escena “sexual”
entre Theodore y OS Samantha. La segunda, bueno la segunda es
mejor que la descubran ustedes mismos.
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martes, 8 de abril de 2014
Las zapatillas rojas (Aka The Red Shoes)
4*
Las zapatillas rojas es la
quintaesencia de las películas sobre el mundo del ballet. El guión, de
Powell y Pressburger, sintetiza el ambiente competitivo, ambicioso y altivo del
mundo de los artistas, en el que se introduce el argumento sobrenatural del
cuento de H.Ch. Andersen,
sobre unas zapatillas que permiten a su usuaria bailar sin desmayo. Sin
embargo, este aspecto sobrenatural se queda entre bambalinas porque lo
importante en este film es el amor y
los sacrificios que conlleva. La puesta en
escena, de una factura hollywoodiense pero a la vez europea, abigarrada y
barroca como pocas, aunque con unas gotas más de elegancia y sofisticación,
antecede a la que utilizó Hitchcock
en su regreso inglés, en Frenesí, y
también a la de Bava en Seis mujeres para
el asesino. Además, el tánden Powell/Pressburger despliega una direccion
artística que amplifica la obra pictórica de Edgar Degas, a la que se añade un glorioso Technicolor, sobreimpreso en el
celuloide gracias a un Jack Cardiff en estado de gracia. Los 15 minutos que
dura el ballet de “Las
zapatillas rojas” son asombrosos y han pasado a la historia como uno de los
mejores matrimonios entre el baile y el 7º arte (como la escena final “The girl hunt”, de Melodías de Broadway 1955, la escena del
bosque de Brigadoon, “Remenber my
forgotten men”, de Vampiresas 1933,
el comienzo de West Side Story o
algunas escenas de Fantasía). Una
auténtica maravilla, sobre un mundo alejado pero a la vez muy cercano.
lunes, 7 de abril de 2014
El destino también juega (Aka A Big Hand for the Little Lady)
3*
Es curioso cómo algunos
directores y algunas películas se esconden tras las bambalinas de las historias
oficiales del cine. Es el caso de esta película y de su director, Fielder Cook,
poseedor de una curiosa filmografía (como Stuart Heisler o David Miller) e, incluso, de alguna
obra maestra (como Patterns). En esta
ocasión, Cook se sirve de un argumento interesantísimo sobre una partida de
póquer legendaria, un matrimonio de camino a su rancho de Texas y una obsesión
que pondrá a la familia contra la espada y la pared. Poco más se puede decir de
la trama sin estropear su desarrollo o el sorprendente final. Aunque sí es
obligado mencionar a los intérpretes: Henry Fonda, Joanne Woodward, Jason
Robards, Burgess Meredith, Kevin McCarthy (el potagonista de la prodigiosa La invasión de los ladrones de cuerpos),
Paul Ford, Charles Bickford, nada menos. Una de esas películas entretenidas,
para una soleada pero fría tarde de sábado, en la línea de El rey del juego, El golpe
o El buscavidas (no por casualidad,
el guionista es Sidney Carroll, escritor de ambos films). Sin embargo, si el hastiado espectador tiene una tarde particularmente perspicaz, podría echar
pestes desde el mismo momento en que se le permite sentarse a jugar al póquer a
una fémina.
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sábado, 5 de abril de 2014
La tierra de la gran promesa (Aka Ziemia Obiecana)
4*
En la ciudad polaca de Lodz (un microcosmos del tipo del capitalismo industrial que se extendió desde Gran Bretaña en los siglos XVIII y XIX),
tres amigos, de distintas religiones y extracciones sociales (un prestamista
judío, un burgués protestante alemán y un católico noble polaco), deciden
levantar una fábrica textil con la que hacerse ricos. La película es un magnífico retrato de la
industrialización y de sus crueles consecuencias en la forma de vida de la masa obrera, aunque sin
ese romanticismo (digamos) sucio, de Hayao Miyazaki (presente en buena parte de
su obra de animación, desde El castillo
en el cielo hasta El viaje de Chihiro)
o sin esa capacidad profética del Metropolis
de Lang. Al contrario, Andrzej
Wajda muestra un mundo cruel y codicioso, compuesto por miles de seres
humanos, cuyas vidas infelices no tienen ningún valor, y por un numeroso pero
limitado círculo de ambiciosos hombres de negocios, burgueses y nobles, de
distintas religiones e ideologías, que, sin embargo, tienen todos algún en común:
compiten entre sí por adquirir riquezas, de una forma inmoral y sin escrúpulos y, a la
vez, explotan a sus “inferiores”, de todas las formas imaginables. Todos
conocemos cientos de ejemplos de distintas personas que han escapado a esta dinámica
vital, de explotación y avaricia, estadísticamente mayoritaria e históricamente
comprobable. Sin embargo, muchas veces hace falta que la literatura, el cine o
la historia nos recuerden que nuestros antepasados llevaron unas vidas más
propias de flores
pisoteadas que de seres humanos. Una película solventemente rodada, con un
estilo naturalista, de una crudeza aplastante, y que alterna la fiereza y la
parodia, la ironía y la reflexión, entre el clasicismo y la
metaficción. Como “documento de barbarie”, la película alcanza el nivel de
denuncia de hermanos gemelos suyos como Novecento,
Odio en las entrañas, La caída de los dioses o Rojos (para la cual, por cierto, Robert
Rosenstone trabajó como asesor).
viernes, 4 de abril de 2014
Suspense (Aka The Innocents)
4*
Probablemente, la mejor de las
adaptaciones cinematográficas de una de las obras maestras escritas por el
siempre sutil pero artificioso Henry James. Jack Clayton encierra en una
mansión, en medio de la campiña inglesa, a una institutriz, sus dos jóvenes
pupilos y el servicio para contar una historia de fantasmas tan elegante como tétrica,
tan sofisticada como turbadora, tan fastuosa como sobria. Una auténtica “perla
de la ambigüedad”, como la ha llamado Neil Sinyard. Deborah Kerr compone un
personaje que recuerda a las heroínas de Shirley Jackson mientras que el resto
del reparto cumple a la perfección con sus papeles. En relación con el
componente plástico de la película, hay que señalar que, el luego director de
cine, Freddie Francis extrae todo el jugo misterioso y gótico tanto a la
mansión como a los jardines colindantes, mostrando al espectador una realidad
aparentemente onírica que el propio Clayton se encarga de dosificar
convenientemente para crear ese supense que el título en castellano ha querido
destacar (el título original fue The Innocents). El film se estrenó un
año después que La máscara del demonio,
de Mario Bava, y dos años antes que La
mansión encantada, de Robert Wise, con las que guarda ciertos parecidos.
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jueves, 3 de abril de 2014
El gran hotel Budapest
3.5*
Tras la grata sorpresa de
Fantástico Sr. Fox y la
relativa decepción de Moonrise Kingdom,
Wes Anderson se ha tomado su tiempo para organizar mejor su nueva película, un
homenaje explícito a un mundo desaparecido, el de la Mitteleuropa. Un mundo añorado por Stefan Zweig y micro y macro
estudiado por Claudio Magris. Aunque la referencia más directa podría ser El hotel Savoy, de Joseph Roth. Pues bien, este penúltimo diorama viviente
de Wes Anderson despliega una narración postmoderna alrededor de uno de esos
divinos ayudantes de los que hablara Robert Walser, su colonizado compañero y
un argumento ingenioso y encantador donde no faltan muertes, sospechosos,
cárceles, huídas, persecuciones, pasteles
austríacos y, como colofón, nazis disfrazados de Zigs Zags. El film está repleto de esas pequeñas y
milimetradas estampas, abigarradas (a su vez) de pequeños detalles de época,
guiños históricos e inofensivas ironías que constituyen la marca de la casa. La
película mantiene una curiosa especie de constante
risa intelectual, que se vive para dentro más que para fuera, que
consigue una cierta desdramatización pero que, a la postre, ayuda a conseguir
que el espectador sienta simpatía y empatía por lo que les pasa a los
personajes, algo que no siempre consigue el cine de Anderson, obsesionado como
está por la minuciosidad y por la galería de actores (al
contrario que un Michel Gondry, por ejemplo, maestro de la estética y de la
innovación narrativa que, sin embargo, siempre arrastra al espectador a la
felicidad o al sufrimiento de sus historias). Es verdad que hay cierta redundancia
en los encuadres, que el zoom se vuelve rutinario y que el movimiento de cámara
se ha quedado encasquillado en el travelling
pero, para equilibrar, hay que destacar el excelente trabajo con el montaje así
como esa luz irreal y optimista que proyecta en todos los trabajos del director
el fiel Robert Yeoman. Por su parte, Alexandre Desplat
entrega una partitura donde las armonías, las escalas y las melodías, donde los
instrumentos, los timbres y los ritmos hacen justicia al pintoresco argumento
y, sobre todo, a ese intento constante del director por atrapar una época, por
colonizarla con su miniaturismo estético y con su nostálgica moral.
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