lunes, 21 de abril de 2014

Get Carter (Aka Asesino implacable)

3.5*

Jack Carter, un asesino a sueldo que trabaja en Londres, sospecha que alguien ha matado a su hermano y lo ha hecho pasar por un suicidio. Por tanto, para descubrir al verdadero asesino de su hermano, se dirige a su ciudad natal, una industrial y low-class Newcastle. Poco a poco, comienza a escudriñar en los círculos más selectos de la ciudad y descubre las verdaderas razones detrás de la muerte de su hermano. Revisión británica del thriller negro USAmericano, sobre la base de una historia que podría haber firmado perfectamente Raymond Chandler, salvo por una cosa: el carácter action hero del protagonista, un implacable e impagable Michael Caine. Desde el punto de vista narrativo, el film supone un antecedente directo de esos retratos slang-gansteriles de Guy Ritchie: estallidos de violencia incontrolada y seca, sexploitation ruda y desaliñada y unas dosis altísimas de cinismo, como si no se pudiera contar una historia de esta naturaleza sin una distancia tan fría como un whisky on the rocks. En contra suya, hay que destacar una estética absolutamente coyuntural que no permite abstraer fácilmente las características noir de la película sino que sitúa al espectador en una ciudad desaliñada, tanto física como moralmente, que siente los efectos de la desindustrialización y que, a la postre, exhibe algunas de las singularidades típicas del cine british de la época. Un año después, director y actor volverían a colaborar juntos en la simpatiquísima Historias peligrosas.



 


domingo, 20 de abril de 2014

Campamento sangriento (Aka Sleepaway Camp)

2*

Entrañable slasher de culto, estrenado a comienzos de la ultraconservadora década de los ochenta, a la zaga del éxito de Viernes 13 y The Burning y con el protagonismo absoluto de un campamento de verano, el campamento Arawak, con los tipos característicos del lugar (adolescentes, monitores, PAS) y testosterona por doquier. El leit motiv de la historia es tan simple como efectivo: un sentimiento de venganza obliga a asesinar, uno a uno, a diferentes personajes que pululan por la trama. Los asesinatos son ciertamente curiosos, es decir, no son los habituales machetazos del género. Aunque, por otro lado, algunos, siguiendo el tópico, están rodados con cámara subjetiva. Por su parte, los efectos especiales son extrañamente feroces, como el propio final de la película, uno de los más bizarros y grotescos de la historia del cine. Visión añeja y nostálgica sobre una época, a medio camino entre la indocilidad de los setenta y el conservadurismo USAmericano de los ochenta (como muestra un detalle: una camiseta es del grupo Blue Oyster Cult). Rodada por un director y productor independiente, la humildad de la propuesta está desarrollada coherentemente con diálogos de patio de colegio, unas interpretaciones amateurs y un ritmo a menudo parsimonioso, como de otra época y de otro mundo. Ciertamente no de comienzos del siglo XXI.




martes, 15 de abril de 2014

Mis 5 imprescindibles de Robert Mulligan:


-       Matar a un ruiseñor (1962).
-       Amores con un extraño (1963).
-       Verano del 42 (1971)
-       El otro (1972).
-       Verano en Louisiana (1991).

viernes, 11 de abril de 2014

El furor del Dragón

2.5*
 
El joven Tang (Bruce Lee) llega a Roma donde una amiga acaba de inaugurar un restaurante. Sin embargo, una panda de maliciosos gangsters karatecas les intentan hacer la vida imposible para apropiarse del local, por lo que Tang deberá rasgarse su camiseta, emitir extraños sonidos con la boca y mostrar su pericia marcial. Un argumento archiconocido y repetido hasta la saciedad (algo que haría las delicias de Heidegger y Kierkegaard) y que es llevado a la pantalla por la estrella de las artes marciales, Bruce Lee, el cual, además, interpreta su sempiterno personaje arquetípico: el del salvador de restaurantes chinos y héroe por accidente. Con una puesta en escena repleta de aspectos chirriantes y una coreografía que deja mucho que desear (falta de tensión, golpes repetitivos y defectos de coordinación de todo tipo), el film, sin embargo, se ha convertido en una obra de culto dentro del mundillo del Kung Fu, precisamente por la lucha final, en el Coliseo Romano, entre Bruce Lee y Chuck Norris (por entonces, campeón del mundo de Karate de los pesos medios): un combate que está rodado y montado con cierto suspense y pericia, aun a costa de varios encuadres corregidos y de esos fastidiosos zooms típicos de los setenta. Por cierto, fue el penúltimo papel cinematográfico del mítico luchador-filósofo de San Francisco.

jueves, 10 de abril de 2014

Her

4*

En 2010, Spike Jonze estrenó I'm here, un mediometraje sobre una relación de pareja bastante insólita: se trataba de dos robots que se conocen y se “enamoran” en Los Ángeles. Una idea conceptualmente similar es la que el director USAmericano ha intentado plasmar en este film, basado en un inteligente y emotivo texto propio. Y he aquí la primera maravilla. Tras la marcha de Charlie Kaufman, la obra de Jonze parecía que se había quedado sin su fuente de inspiración. Sin embargo, con Her, ha quedado demostrado que, literariamente hablando, aún hay vida después de Kaufman. Y, visualmente, también hay vida después de Jonze (y ahí está Synecdoche New York para demostrarlo). Sobre el papel, el argumento de la película es una simple anécdota (un hombre en crisis sentimental se enamora de un sistema operativo) pero, en la pantalla, todo adquiere un especial aura de verosimilitud gracias al profundo, divertido y veladamente reflexivo guión (aunque no es tan penetrante como parece a primera vista). Sin embargo, el conmovedor resultado final se debe también a la acertada customización ecofuturista (¡atención a ese cielo estrellado sobre un inmenso L.A.!), a una música de Arcade Fire (con toques de DCFC y Satie) que encapsula, como en un spot, escenas de una gran intensidad emocional y, sobre todo, gracias al trabajo de unos extraordinarios Joaquin Phoenix y Amy Adams. El estilo visual del film, de una modernidad icónica evidente, podría ser el hijo putativo del matrimonio con Sofía Coppola (humildad en la dirección, una puesta en escena sobria pero muy cuidada, narrativa sternesiana, una estetización absolutamente trendy, etc.). La película tiene, además, dos momentos que rozan lo sublime: la primera es la escena “sexual” entre Theodore y OS Samantha. La segunda, bueno la segunda es mejor que la descubran ustedes mismos.

 

martes, 8 de abril de 2014

Las zapatillas rojas (Aka The Red Shoes)

4*

Las zapatillas rojas es la quintaesencia de las películas sobre el mundo del ballet. El guión, de Powell y Pressburger, sintetiza el ambiente competitivo, ambicioso y altivo del mundo de los artistas, en el que se introduce el argumento sobrenatural del cuento de H.Ch. Andersen, sobre unas zapatillas que permiten a su usuaria bailar sin desmayo. Sin embargo, este aspecto sobrenatural se queda entre bambalinas porque lo importante en este film es el amor y los sacrificios que conlleva. La puesta en escena, de una factura hollywoodiense pero a la vez europea, abigarrada y barroca como pocas, aunque con unas gotas más de elegancia y sofisticación, antecede a la que utilizó Hitchcock en su regreso inglés, en Frenesí, y también a la de Bava en Seis mujeres para el asesino. Además, el tánden Powell/Pressburger despliega una direccion artística que amplifica la obra pictórica de Edgar Degas, a la que se añade un glorioso Technicolor, sobreimpreso en el celuloide gracias a un Jack Cardiff en estado de gracia. Los 15 minutos que dura el ballet de “Las zapatillas rojas” son asombrosos y han pasado a la historia como uno de los mejores matrimonios entre el baile y el 7º arte (como la escena final “The girl hunt”, de Melodías de Broadway 1955, la escena del bosque de Brigadoon, “Remenber my forgotten men”, de Vampiresas 1933, el comienzo de West Side Story o algunas escenas de Fantasía). Una auténtica maravilla, sobre un mundo alejado pero a la vez muy cercano.

lunes, 7 de abril de 2014

El destino también juega (Aka A Big Hand for the Little Lady)

3*
 
Es curioso cómo algunos directores y algunas películas se esconden tras las bambalinas de las historias oficiales del cine. Es el caso de esta película y de su director, Fielder Cook, poseedor de una curiosa filmografía (como Stuart Heisler o David Miller) e, incluso, de alguna obra maestra (como Patterns). En esta ocasión, Cook se sirve de un argumento interesantísimo sobre una partida de póquer legendaria, un matrimonio de camino a su rancho de Texas y una obsesión que pondrá a la familia contra la espada y la pared. Poco más se puede decir de la trama sin estropear su desarrollo o el sorprendente final. Aunque sí es obligado mencionar a los intérpretes: Henry Fonda, Joanne Woodward, Jason Robards, Burgess Meredith, Kevin McCarthy (el potagonista de la prodigiosa La invasión de los ladrones de cuerpos), Paul Ford, Charles Bickford, nada menos. Una de esas películas entretenidas, para una soleada pero fría tarde de sábado, en la línea de El rey del juego, El golpe o El buscavidas (no por casualidad, el guionista es Sidney Carroll, escritor de ambos films). Sin embargo, si el hastiado espectador tiene una tarde  particularmente perspicaz, podría echar pestes desde el mismo momento en que se le permite sentarse a jugar al póquer a una fémina.


sábado, 5 de abril de 2014

La tierra de la gran promesa (Aka Ziemia Obiecana)

4*

En la ciudad polaca de Lodz (un microcosmos del tipo del capitalismo industrial que se extendió desde Gran Bretaña en los siglos XVIII y XIX), tres amigos, de distintas religiones y extracciones sociales (un prestamista judío, un burgués protestante alemán y un católico noble polaco), deciden levantar una fábrica textil con la que hacerse ricos. La película es un magnífico retrato de la industrialización y de sus crueles consecuencias en la forma de vida de la masa obrera, aunque sin ese romanticismo (digamos) sucio, de Hayao Miyazaki (presente en buena parte de su obra de animación, desde El castillo en el cielo hasta El viaje de Chihiro) o sin esa capacidad profética del Metropolis de Lang. Al contrario, Andrzej Wajda muestra un mundo cruel y codicioso, compuesto por miles de seres humanos, cuyas vidas infelices no tienen ningún valor, y por un numeroso pero limitado círculo de ambiciosos hombres de negocios, burgueses y nobles, de distintas religiones e ideologías, que, sin embargo, tienen todos algún en común: compiten entre sí por adquirir riquezas, de una forma inmoral y sin escrúpulos y, a la vez, explotan a sus “inferiores”, de todas las formas imaginables. Todos conocemos cientos de ejemplos de distintas personas que han escapado a esta dinámica vital, de explotación y avaricia, estadísticamente mayoritaria e históricamente comprobable. Sin embargo, muchas veces hace falta que la literatura, el cine o la historia nos recuerden que nuestros antepasados llevaron unas vidas más propias de flores pisoteadas que de seres humanos. Una película solventemente rodada, con un estilo naturalista, de una crudeza aplastante, y que alterna la fiereza y la parodia, la ironía y la reflexión, entre el clasicismo y la metaficción. Como “documento de barbarie”, la película alcanza el nivel de denuncia de hermanos gemelos suyos como Novecento, Odio en las entrañas, La caída de los dioses o Rojos (para la cual, por cierto, Robert Rosenstone trabajó como asesor). 

 


viernes, 4 de abril de 2014

Suspense (Aka The Innocents)

4*
Probablemente, la mejor de las adaptaciones cinematográficas de una de las obras maestras escritas por el siempre sutil pero artificioso Henry James. Jack Clayton encierra en una mansión, en medio de la campiña inglesa, a una institutriz, sus dos jóvenes pupilos y el servicio para contar una historia de fantasmas tan elegante como tétrica, tan sofisticada como turbadora, tan fastuosa como sobria. Una auténtica “perla de la ambigüedad”, como la ha llamado Neil Sinyard. Deborah Kerr compone un personaje que recuerda a las heroínas de Shirley Jackson mientras que el resto del reparto cumple a la perfección con sus papeles. En relación con el componente plástico de la película, hay que señalar que, el luego director de cine, Freddie Francis extrae todo el jugo misterioso y gótico tanto a la mansión como a los jardines colindantes, mostrando al espectador una realidad aparentemente onírica que el propio Clayton se encarga de dosificar convenientemente para crear ese supense que el título en castellano ha querido destacar (el título original fue The Innocents). El film se estrenó un año después que La máscara del demonio, de Mario Bava, y dos años antes que La mansión encantada, de Robert Wise, con las que guarda ciertos parecidos.





jueves, 3 de abril de 2014

El gran hotel Budapest

3.5*

Tras la grata sorpresa de Fantástico Sr. Fox y la relativa decepción de Moonrise Kingdom, Wes Anderson se ha tomado su tiempo para organizar mejor su nueva película, un homenaje explícito a un mundo desaparecido, el de la Mitteleuropa. Un mundo añorado por Stefan Zweig y micro y macro estudiado por Claudio Magris. Aunque la referencia más directa podría ser El hotel Savoy, de Joseph Roth. Pues bien, este penúltimo diorama viviente de Wes Anderson despliega una narración postmoderna alrededor de uno de esos divinos ayudantes de los que hablara Robert Walser, su colonizado compañero y un argumento ingenioso y encantador donde no faltan muertes, sospechosos, cárceles, huídas, persecuciones, pasteles austríacos y, como colofón, nazis disfrazados de Zigs Zags. El film está repleto de esas pequeñas y milimetradas estampas, abigarradas (a su vez) de pequeños detalles de época, guiños históricos e inofensivas ironías que constituyen la marca de la casa. La película mantiene una curiosa especie de constante risa intelectual, que se vive para dentro más que para fuera, que consigue una cierta desdramatización pero que, a la postre, ayuda a conseguir que el espectador sienta simpatía y empatía por lo que les pasa a los personajes, algo que no siempre consigue el cine de Anderson, obsesionado como está por la minuciosidad y por la galería de actores (al contrario que un Michel Gondry, por ejemplo, maestro de la estética y de la innovación narrativa que, sin embargo, siempre arrastra al espectador a la felicidad o al sufrimiento de sus historias). Es verdad que hay cierta redundancia en los encuadres, que el zoom se vuelve rutinario y que el movimiento de cámara se ha quedado encasquillado en el travelling pero, para equilibrar, hay que destacar el excelente trabajo con el montaje así como esa luz irreal y optimista que proyecta en todos los trabajos del director el fiel Robert Yeoman. Por su parte, Alexandre Desplat entrega una partitura donde las armonías, las escalas y las melodías, donde los instrumentos, los timbres y los ritmos hacen justicia al pintoresco argumento y, sobre todo, a ese intento constante del director por atrapar una época, por colonizarla con su miniaturismo estético y con su nostálgica moral.