El gran poeta español Antonio Machado escribió unos
versos maravillosos en sus Proverbios y
cantares: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Pues bien, el
último film del director de Estación Central de Brasil responde a la
letra y al espíritu de estos versos. Al contrario que en su adaptación de los
diarios del Che Guevara, On the Road
es una película que, en el plano más superficial, constituye un retrato sobre
el placer (y la necesidad) de viajar y, por tanto, sobre la dificultad de echar
raíces (al contrario que Big Sur). Sin embargo, al final, intenta convertirse en una historia sobre el
desarraigo espiritual, entendido como metáfora del desencanto de buena parte de
la población USAmericana de postguerra, la llamada generación beat, que creció y vivió al margen de
las constricciones del american way of life,
entre aspiraciones artísticas, the
pursuit of happiness y un cierto decadentismo flaneur. Si Jack Kerouac (como antes su maestro Henry Miller) se
recrea en la construcción de personajes, en los diálogos, en el aliento
poético-filosófico y en la búsqueda vital (con un estilo bepop-iano), Walter Salles se centra (y he aquí,
el principal de sus errores) en la exaltación del lado más salvaje, lúdico e
irresponsable del movimiento (a costa de caer en varios tópicos y
reiteraciones), un salvajismo que, por otro lado, nunca fue una aspiración consciente
de Ginsberg/Burroughs/Cassady sino una consecuencia del extrañamiento vital,
una especie de huída hacia delante, como algunos personajes de Scott Fitgerald
o como el propio Holden Caulfield. La cuestión es si se vive para escribir o
hay que vivir para poder escribir. Desde el punto de vista cinematográfico, hay
que lamentar el carácter repetitivo de la estructura (remarcado por la BSO de Santaolalla), unas interpretaciones inseguras
y una conclusión abrupta e insatisfactoria.
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