La hija del mítico Jack the Ripper presencia el asesinato
de su madre a manos de su propio padre. Años más tarde, traumatizada por el
suceso, y tras pasar por un orfanato, la joven Ana recala en casa de una
espiritista de postín, que se aprovecha de ella, en todos los sentidos. Una
noche, el doctor Pritchard la descubre en una de las sesiones de la supuesta medium y, tras una noche convulsa, se la
lleva a su consulta, para estudiar la causa de su comportamiento, aparentemente
endemoniado. Con un guión que tiene más agujeros que un queso de Gruyère, la
Hammer vuelve a acercarse a la figura del destripador (tras Room to Let, por ejemplo) con esta cinta
de terror cuya virtud más evidente es lo maravillosamente bien ambientada que
está. Los actores no están del todo mal, la música es la adecuada para este
tipo de producciones y los asesinatos tienen cierta originalidad (¡qué extraño
hacer este tipo de observaciones pero, claro, se trata de obras de la
imaginación y, además, hablamos de uno de los seres más morbosos del planeta:
el ser humano!). Sin embargo, poco más se puede añadir, además de la presencia
de una especie de mad doctor
victoriano y de la consabida redención. El televisivo Peter Sasdy sigue
adelante con su carrera en el género (destáquese El poder de la sangre de Drácula o The Stone Tape) con este producto correcto pero sin sobresaltos,
pese a contar con el espíritu deforme del asesino de Whitechapel.
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