El Western USAmericano ha enseñado a millones de espectadores de todo
el mundo que el mal solo puede combatirse con el revólver. Que la injusticia
solo puede erradicarse a golpe de pistola. Es una gran enseñanza, sobre todo
para un país que tiene una Segunda Enmienda y un inalienable derecho a portar y
usar armas. Sin embargo, en buena parte del resto del mundo, las armas no
sirven de mucho. Y las películas que nos cuentan los enfrentamientos de un país
mediante duelos, tiroteos y refriegas subsisten en el lado mítico de la vida.
Debido a ello, esta historia sobre un grupo heterodoxo de luchadores
individualistas, que se unen para luchar contra una banda de corrompidos
matones de tres al cuarto y salir todos ilesos y con sus respectivas mujeres
(el germen de la familia yankee), ya
no nos la creemos. Sobre todo cuando los personajes sonríen al espectador y se
mueven por la trama con claros efectos, movimientos y gestos teatrales. Lawrence
Kasdan intenta remitificar el género,
removiendo un poco las ascuas donde siempre se mantiene calentito, con un film para toda la familia, con un humor
ramplón y socarrón y con una estrategia de marketing
tan avispada como tramposa: llenar el reparto de caras más o menos conocidas pero
completamente ajenas al mundo épico de los centauros del desierto (Kevin Kline,
Kevin Costner, Scott Glenn, Danny Glover, Brian Dennehy, Rosanna Arquette,
Brion James, John Cleese, Linda Hunt, Jeff Goldblum, Lynn Whitfield, etc.). Como
diría Joseph McBride, “the myth of the frontier would not die”, pero, para ello, tiene que disneylarizarse. El resto de
elementos técnico-artísticos parecen calcados de un anuncio de Marlboro. Lo cual no es malo pero,
evidentemente, tampoco es un piropo.
miércoles, 29 de junio de 2016
martes, 28 de junio de 2016
El asesino anda suelto (Aka The Killer is Loose)
3*
En una famosa portada de un comic de Mauro Entrialgo, un asesino
encapuchado se encuentra sentado en el water
haciendo sus necesidades mayores. La onomatopeya que se puede leer es
“prefabsprout”. Así, como si fuera uno de esos soniquetes escatológicos tan
queridos por Quevedo o por Mozart. Y la leyenda de la viñeta reza: “el asesino
anda suelto”. Bromas y juegos de palabra aparte, Budd Boetticher le puso el
mismo nombre a este thriller serie B
sobre un asesino que se escapa de la cárcel para matar a la esposa del policía que le recluyó. El asesino es Wendell Corey, el policía Joseph Cotten y su
esposa Rhonda Fleming. La narración es concisa como un relato de Hemingway, los
diálogos secos como los de John Fante y la fotografía, de un noir como solo el cine de Hollywood
podía plasmar (por obra y gracia del luego admirado Lucien Ballard). Un film estimable, muy bien narrado y robusto
en todos sus aspectos técnico-artísticos y que fue estrenado antes de la serie Ranown Cycle, esos 7 Westerns que el director rodaría con
Randolph Scott, amante secreto de Rock Hudson y un actor al que Boetticher
lanzó al estrellato a finales de la década de los cincuenta.
jueves, 23 de junio de 2016
Hombres de infantería (Aka Take the High Ground!)
2.5*
Un puñado de ciudadanos
USAmericanos, un poco destartalados ellos, llegan a un fuerte de entrenamiento
del ejército de tierra de los EE.UU., en la árida Texas, para prepararse e ir a
la Guerra de Corea. Allí, el sargento Ryan y el sargento Holt (el bueno y el
malo, respectivamente), les intentarán transformarán en máquinas de sobrevivir
y de matar, llevándoles al extremo de su aguante físico y psicológico. Y es que
no hay nada peor que la guerra, ni siquiera 16 semanas de cruel y dura
instrucción. Entre medias, una historia de amor con la “alcohólica” de la zona,
la guapísima Elaine Stewart. Estamos ante el molde del que ha salido buena
parte del cine bélico contemporáneo (desde Oficial
y caballero y La chaqueta metálica
hasta El sargento de hierro, por
poner solo tres ejemplos), rodado con “pericia televisiva” por un principiante
Richard Brooks y con la típica visión moral de la época: por un lado, la
inocencia típica de un país crédulo y de una población ingenua; y, por el otro,
la crueldad real de su política exterior durante la Guerra Fría, que asoma en
escenas como la de la “carne de cañón” o la de los gases bélicos. En todo caso,
un film belicista y convencional, que
exhibe los más conservadores valores sociales, aunque con ciertos chispazos
propios del progresista Brooks y del insurgente guionista, Millard Kaufman. La
podrían poner de hilo de fondo en los restaurantes de comida rápida tipo Foster’s Hollywood o así.
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martes, 21 de junio de 2016
Fundido a negro (Aka Fade to Black)
3*
Cuando tu vida es como una
película tienes un problema. Es verdad que en multitud de ocasiones, muchos
espectadores normales se comportan o hablan como siguiendo un guión, como
reproduciendo una telenovela. Puedes vampirizar la vida real, como el
protagonista de Arrebato. Puedes
vampirizar tu propia existencia, como el Martin
de Romero. Pero si cada escena de tu vida tiene su plano y su contraplano en un
film de Hollywood, si el cine te ha fagocitado,
si todo te recuerda a alguna imagen cinematográfica (como el protagonista de Dream On), entonces, no tienes ninguna
posibilidad. Tendrás que ascender y tendrás que caer, como ha hecho mil y una
vez la fábrica de sueños
californiana. Con esta premisa, el joven director Vernon Zimmerman rindió
pleitesía a la industria del celuloide, con una obra personalísima en la que
desfilan decenas, cientos de homenajes, guiños, movie clips y múltiples referencias
a la historia del cine. Y es una delicia encontrar dichas referencias,
descubrirlas y saborearlas tras cada plano, tras cada línea de diálogo, tras
cada nombre, tras cada escena. Y también es una delicia ir siguiendo esta
extraña producción, mitad comedia juvenil de los ochenta, mitad cine de terror,
mitad policíaco con psicópata, mitad drama social, mitad cinefilia decadente. Una
sorprendente mixtura de cine de géneros (en el sentido literal de la palabra),
rodada y montada con admirable pericia y con una interpretación widmarkiana de su joven protagonista,
Dennis Christopher (aunque con un punto de Roddy McDowall). Por cierto, como
curiosidad, aparece un jovencísimo Mickey Rourke.
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Los chicos
3*
Marco Ferrari, escarmentado por
el poco éxito y la mayor polémica de El
pisito, cambia de guionista para rodar esta amable elegía a la juventud madrileña de finales de la década autárquica, los cincuenta, ese Madrid “de
chantillí y nata” que pretende esconder su espina dorsal tremendista. En
justicia, no abandona el interés por las clases trabajadoras, su cotidianeidad
y sus miserias, unas clases proletarias que terminarían por nutrir el ascenso
de las clases medias consumistas de los sesenta, por lo que la película acaba
siendo un pequeño retrato coral de la vida juvenil en la capital, con cierta
gracia, mucho olor a tabaco y a callos y con no poca ironía. Sin embargo, la
cuidada planificación, el aire melodramático, un montaje narrativo en el que se
van solapando diversas historias, el estandarizado doblaje (recordemos que los
principales protagonistas son actores amateurs),
todo ello transforma el producto en una versión desnatada de ese neorrealismo
italiano, mucho más comprometido y crudo que el español, que fue importado por
los Nieves Conde, los Juan Antonio Bardem y los Luis García Berlanga de la
época, al calor de las Conversaciones de Salamanca. Como metáfora del film, ese grajo encerrado en una
minúscula jaula, imagen y símbolo de una sociedad enclaustrada en su
mediocridad e insensible ante las conquistas de la modernidad. Como decía Rafael Azcona, en la España de la época, cuando un bebé berreaba en una plaza de
toros, y no dejaba de molestar, la madre le miraba con ternura y le decía:
“calla, rey de España, y mira como el toro le saca las tripas al caballito”. ¡Así
es la piel de toro!
miércoles, 15 de junio de 2016
Mis 5 libros imprescindibles sobre el cine:
- El cine según Alfred Hitchcock (François
Truffaut).
- ¿Qué es el cine? (André Bazin).
- Douglas Sirk por Douglas Sirk (Jon
Halliday).
- Pursuits of Happiness: The Hollywood
Comedy of Remarriage (Stanley Cavell).
- The Psychotronic
Video Guide (Michael J. Weldon).
La noche de Walpurgis
2.5*
Luis Buñuel y Jesús Franco son
dos directores españoles que han disfrutado del reconocimiento de la Cinémathèque Françoise, que ha
programado ciclos y homenajes a sus respetivas filmografías. Pero Paul Naschy
es el único artista español que ha recibido un premio, en reconocimiento a toda
su obra, de manos del gran gurú Roger Corman. Y no fue por casualidad: Jacinto
Molina (que este es su verdadero nombre) es uno de los más talentosos y
entregados ex culturistas cinematográficos. De hecho, su dedicación al cine
fantástico y de terror es proverbial. Y una de sus más míticas creaciones es
Waldemar Daninsky, un hombre lobo enamorado (a la manera del de Lon Chaney jr.)
que se enfrenta, periódicamente, a vampiros, espectros y otros seres de la
noche. La noche de Walpurgis, cuarta
entrega de la serie, mezcla con cierta solera elementos de varias mitologías y
tradiciones literarias en un cáliz resultón e interesante aunque arrastra una
concepción algo naive del cine de
género. Aún así, tanto por el encanto que tiene como por la significación
dentro del desarrollo histórico del cine de terror en España, merece destacarse
como una obra icónica y respetable. Lo más interesante del film, junto con la insólita recreación licántropa del propio Naschy
(aquí, además, siendo dirigido por el gran Klimovsky), es alguna escena en
cámara lenta de vampiras en pleno cotarro hemoglobínico. Un clásico de lo que
Carlos Benítez ha denominado los “semblantes del fantaterror” español.
martes, 14 de junio de 2016
300: El nacimiento de un imperio (Aka 300: Rise of an Empire)
2*
La máquina palomitera de
Hollywood vuelve a cagarla. En este caso, tenemos una chorradaca infográfica
sobre la aceptable creación previa de Frank Miller, que funciona como una
especie de precuela en relación con el éxito previo de Zack Snyder (de ahí lo
de las Guerras Médicas), y que llena la pantalla con sangre digital, cientos de
miles de extras pixelados y una trama ramplona e infantiloide. Es decir, que
banaliza lo que Snyder pretendió trascender con su crónica visual de la batalla
de las Termópilas. Lo que en 300 era una
originalidad polémica, aquí es rutina escabechada. Ni siquiera los abdominales pintados
impregnan la retina del espectador. Una de las pocas cosas que pueden producir
algún tipo de emoción en el público es alguno de esos polvos helenos que
salpican la trama, especialmente el que protagoniza una maravillosa Eva Green.
Aunque, eso sí, son polvos sin amores: puro empotrismo, de ese que está tan de
moda ahora, en estos tiempos que corren donde no hay ocasión para ningún tipo
de preliminar. Como dice Artemisa: “you fight much harder than you fuck”. Este
es el nivel de los diálogos.
lunes, 13 de junio de 2016
Man to Man
2*
Cioran escribió que la razón “es una puta que sobrevive mediante la simulación, la versatilidad y la
desvergüenza”. Y la ciencia, hija predilecta de la razón, es el ejemplo
perfecto. Durante siglos, y también en la actualidad, la ciencia ha tenido que
esconder las vergüenzas de sus acciones. La ciencia es una actividad (y una
disciplina) que ha caído, a menudo, en el distanciamiento inhumano y en una
falta de empatía repleta de crueldad. Buena parte de los científicos de los
últimos doscientos años han metido la pata hasta las trancas, dejando en ridículo
a la comunidad científica. Eso lo sabe casi cualquier ciudadano medianamente
informado. Es decir, que no lo sabe todo el mundo, debido a esa mitificación
cuasi primitivista con la que tratamos a la ciencia, amiga del progreso y
aliada de la distopia. En todo caso, el film
es uno de esos ejemplos bienintencionados que se propone denunciar la
ignorancia de tiempos pasados, mostrando la normalidad con la que se
desenvuelve la crueldad frente a lo desconocido, que normalmente se identifica
con los más débiles (razas, animales, culturas, etc.). Sin embargo, las
interpretaciones, varias situaciones y muchos diálogos no son del todo
convincentes, así como el desarrollo estereotipado y parcial de la sociedad en
la que está ambientada la historia. La buena intención de origen se transforma,
así, en una película plana y sensiblera, como ha resumido acertadamente Carlos
Boyero. De todas formas, es un ejemplo palmario de la estulticia humana, que no
tiene edad y que se agazapa en cualquier tipo de personas, sean pobres o ricas,
estén formadas o sean totalmente analfabetas. Y, como ejemplo, podría servir
adecuadamente en la enseñanza obligatoria de las sociedades de masas en las que
vivimos. Pero seguro que está película, con todos sus defectos, no llega a las
aulas.
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Black Rain
3*
Contrastes. Esta es la palabra
que define con precisión al Japón contemporáneo. Así lo dejó escrito la Ruth Benedict
de El crisantemo y la espada. Y esta
es la palabra que representa con bastante acierto la premisa de este exitoso thriller de Ridley Scott, estrenado
justo después de La sombra del testigo,
dos años antes del super hit Thelma & Louise y el último film clásico de su director. Algo así
como su Manhattan Sur. Dos policías
de Nueva York, esa “gran zona gris”, han de extraditar a un asesino despiadado
de la Yakuza (un tal Sato), al Tokio de finales de la ultraconservadora década
de los ochenta. Con la ayuda del jefe de la Prefectura local, el gran Ken Takakura, deberán esquivar la guerra de poder entre la mafia japonesa, además
de vengar un asesinato absolutamente imprevisible y que fue uno de los temas de
conversación para buena parte de los espectadores que vieron el film en el momento de su estreno. Scott
rinde homenaje a la cámara retardada de Peckinpah, para acentuar algunas
escenas de acción, pero también a la contención y estallido de la violencia en
el Yakuza de Pollack. Además, el
guión se permite algunas pinceladas sobre culpabilidades históricas, raíces
retorcidas y problemas de identidad cultural. En fin, un thriller rodado y fotografiado con un alto sentido estético (por el luego director de Speed) y con
una BSO que martillea convenientemente la trama.
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jueves, 9 de junio de 2016
Contrato en Marsella (Aka The Marseille Contract)
3*
Aceptable thriller de acción sobre el mundo de la droga en Marsella, rodado
con gusto y elegancia por un jubilado Robert Parrish y con la presencia de los
siempre estupendos James Mason, Michael Caine y Anthony Quinn. El argumento
sigue los elementos canónicos del género (el papel de las élites en el tráfico
de drogas, la complicidad policial, la labor de los asesinos a sueldo para que
nadie “de bien” se manche las manos, la heroicidad del hombre incorrupto, etc.)
pero los dota de una singularidad especial, gracias a una dirección sobria pero
que no renuncia a las pinceladas artísticas (con el color, con la iluminación)
y con elegantes y fluidos movimientos de cámara. En este sentido, Parrish deja
su impronta, por ejemplo, en algunas secuencias muy inteligentemente enlazadas,
como la de la furgoneta y el tren. Se nota que el director consiguió un Oscar
al mejor montaje por la excelente versión de Cuerpo y alma del tándem Rossen-Polonsky, en 1947.
lunes, 6 de junio de 2016
Los farsantes
3*
Crónica de la España de provincias de comienzos de los sesenta y retrato de una compañía de teatro
ambulante que se dedica a viajar, de pueblo en pueblo, representando todo lo
que se pone a tiro. En un momento particularmente conflictivo, el grupo tiene
que aceptar pasar una noche divirtiendo a un grupo de personas pudientes, que
intenta humillarles y aprovecharse de ellos (la escena del streeptease forzado
es un auténtico social hit). Mario
Camus sigue apuntalando la veta del cine neorrealista español, con toques
naturalistas y elementos melodramáticos (con su consiguiente trama de atracción
y amor), a propósito de la apertura mental de la farándula en contraposición a
la sociedad que la envuelve. No por casualidad, el guionista fue Daniel Sueiro.
Sin destacar especialmente por nada, la película se erige como una de las más rotundas
radiografías de la España franquista, ahí donde la Iglesia y el fascismo
conformaban los pilares de una sociedad hipócrita, mezquina y de miras
insultantemente cortas. Varios años después, el gran Fernando Fernán Gómez se
apuntaría un tanto con su particular recreación de la farándula en plena
dictadura con su melancólico El Viaje a
ninguna parte. Y, claro, esta obra de Camus estaba, seguro, en su mente y
en su corazón, aunque, curiosamente, no la menta en sus memorias, El tiempo amarillo.
sábado, 4 de junio de 2016
A la caza (Aka Cruising)
3*
Pocas son las películas que
retratan el mundo homosexual y, cuando lo hacen, pocas se atreven a adentrarse
más allá del mapa que trazan los sentimientos entre personas del mismo sexo.
Por eso, no es de extrañar la polémica que Willian Friedkin abrió con este
contundente film de 1980, que retrata
de una forma fidedigna una parte del submundo gay neoyorquino, tanto S&M como Leather. Y ello entre finales de la irredenta década de los setenta
y comienzos de la ultraconservadora década de los ochenta, los años de la doble
moral reaganiana y del VIH. Un candidato a detective (Al Pacino) ha de
infiltrarse en dicho submundo para intentar cazar a un cruel y sistemático
asesino de homosexuales, a los que apuñala y desmiembra. Como casi toda la obra
de Friedkin, la película ha sufrido ciertas amputaciones en el metraje (al
parecer, faltan 40’) y, debido a eso, el espectador atento encontrará algunas
lagunas, algunas escenas mal interrelacionadas, varias ambigüedades (como el
uso de distintos actores para interpretar al asesino), etc. Aún así, y pese al
fracaso comercial que sufrió la película, Friedkin se interesó en el tema por
diversos motivos y consiguió un tenso, explícito y sórdido thriller físico-psicológico (de ahí la “R” de la MPAA que ostenta), que está
ambientado en una parte de la fogosa subcultura gay de Nueva York. Pacino, una
vez más, agarra la placa de policía y entrega un personaje creíble y sutil. Por
su parte, Paul Sorvino y Karen Allen acompañan a las mil maravillas. La parte
artística se complementa con una BSO que recuerda tanto la música como la
parafernalia de cuero de los primeros discos de Judas Priest y que, en realidad, son de The Germs, Willy the Ville,
Rough Trade.
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